lunes, 31 de agosto de 2015

La batalla de Garellano: el Gran Capitán arrasa a un ejército francés que le dobla en número

Historia Militar / 500 años de su muerte

 
 
 
 

CÉSAR CERVERA / Madrid

Día 01/09/2015 - 05.13h

Nacido un 1 de septiembre de 1453 en Montilla, Gonzalo Fernández de Córdoba alcanzó a ser el más hábil general de su tiempo, capaz de emular una y otra vez el milagro de los panes y los peces con las escasas tropas a su disposición

La verdadera hazaña de Gonzalo Fernández de Córdoba, bautizado por sus tropas y por los enemigos como el Gran Capitán, fue la de estirar a niveles heroicos los exiguos recursos que los Reyes Católicos pusieron en sus manos, frente al pozo sin fondo que era el Reino de Francia, cuya capacidad demográfica era muy superior a Castilla y Aragón juntas. El general castellano se enfrentó así en la mayor parte de los combates a fuerzas superiores y tuvo que recurrir a la audacia y, como ocurrió en la batalla de Garellano, a las ventajas que presentaba el terreno para salir victorioso.
Tras la victoria en Ceriñola en abril de 1503, las esperanzas francesas por arrebatar Nápoles a la Corona de Aragón parecían sepultadas por una buena temporada. Nada más lejos de la realidad. Una vez resuelto un conato de motín en Melfi, el Gran Capitán y su ejército se dirigieron a la ciudad de Nápoles, donde tomaron por asalto las fortalezas de Castell Nuovo y Castell dell’Ovo, todavía en manos francesas. El siguiente objetivo del general castellano fue tomar la plaza fuerte de Gaeta, al noroeste del Reino de Nápoles. No obstante, como otras tantas veces en la historia de los enfrentamientos entre España y Francia, el propio Rey Luis XII sacó recursos de la nada y preparó un contraataque para levantar el sitio de la Gaeta. Francia demostraba una vez más que era una criatura semejante a la mitológica hidra: cada vez que el Gran Capitán derrotaba un ejército, brotaban dos cabezas.

Garellano consume las fuerzas españolas

Atrapado precisamente entre dos ejércitos franceses, Gonzalo se replegó hacia el este del río Garellano, en cuyas cercanías ocupó varias plazas –Montecasino, San Germano y Roccaseca–, y esperó a los galos en la orilla contraria. Si bien los franceses tenían acceso a suministros a través del mar, los españoles sufrieron la escasez de comida y las insalubres condiciones de la zona. La pantanosa posición española extendió numerosas enfermedades, entre ellas lo que entonces se llamaba fiebres tercianas (hoy paludismo), que también afectaron a Gonzalo Fernández y años después causó su muerte. Se da la paradoja histórica de que otro genio militar que hizo diabluras en la península itálica, el cartaginés Aníbal Barca, sufrió de igual manera los estragos de las zonas pantanosas de Garellano. La desesperada situación se prolongó durante seis meses con una guerra de desgaste, organizada por el comandante el marqués de Matua, que el Gran Capitán estaba perdiendo lentamente.
ABC
Retrato de Luis XII
A finales del verano, los franceses trataron de cruzar el río uniendo un grupo de barcazas cerca del puente de Sessa, destruido recientemente, pero en una defensa desesperada los españoles lograron resistir el ataque. El empeño de Gonzalo Fernández de Córdoba por mantener la posición a pesar de los problemas logísticos, el mal tiempo y su inferioridad numérica tuvo como recompensa el envío de refuerzos, sobre todo, gracias a los movimientos diplomáticos de Fernando «El Católico», que cerró un acuerdo con la poderosa familia de los Orsini para que el condotiero italiano Bartolomeo d'Alviano condujera un ejército a sumarse a los españoles. Tras simular un repliegue hacia el Volturno, el Gran Capitán hizo creer al marqués de Saluzzo, que encabezaba las huestes francesas como relevo del poco acertado marqués de Matua, que había ganado definitivamente la contienda. El francés relajó entonces la vigilancia, movió soldados hacia retaguardia e incluso autorizó una tregua navideña para los días 25 y 26 de diciembre, al término de la cual, los franceses, que ya no esperaban una ofensiva enemiga.
No obstante, las verdaderas intenciones del castellano eran salvar el río mediante un improvisado puente de pontones ensamblados entre sí, lo cuales fueron fabricados de forma secreta en el castillo de Mondragone bajo la dirección de Juan de Lezcano. El marino guipuzcoano –que la famosa obra «La Crónica del Gran Capitán» describe como «un varón de mucha virtud por la mar y aun por la tierra (...) tan bien afortunado que siempre salía en todas sus refriegas victorioso»– no falló a su fama y cumplió con diligencia el encargo del Capitán. Las piezas del puente se trasladarían en mulas hasta el lugar del cruce, donde fueran unidas apresuradamente bajo las instrucciones del ingeniero y capitán Pedro Navarro. La estructura era muy sencilla pero resistente, formada por tres tramos de pontón que estaba apoyadas sobre ruedas de carros y barcas y unidos por cadenas.

La ocurrencia de Pedro Navarro y Lezcano

Más allá del factor sorpresa, el Gran Capitán seguía lastrado por una clara inferioridad numérica y de recursos: frente a los 25.000 hombres entre infantes y caballería y 40 cañones del marqués de Saluzzo, los españoles no reunían ni siquiera 15.000 soldados. Por ello, el ingenio iba a ser imprescindible va obtener la victoria. El 28 de diciembre, cuando ya había expirado la tregua, el puente se encontraba listo y Gonzalo Fernández de Córdoba dividió su ejército en tres cuerpos: el grueso de la caballería al mando de d’Alviano, que debía cruzar en primer lugar; un cuerpo central con el propio Córdoba y sus principales capitanes, que atravesaría la estructura en segundo lugar; y una retaguardia capitaneada por Fernando de Andrade y Diego de Mendoza, que atravesaría el puente cuando existiera la garantía de que la contienda estaba resultando un éxito.
Wikipedia
Bartolomeo d'Alviano, por Giovanni Bellini
Al frente de unos 3.000 jinetes ligeros, d’Alviano pilló por sorpresa a las principales fortificaciones francesas y a sus guardias, algunos todavía borrachos de la noche anterior, que no pudieron hacer nada ante el avance español que los arrolló. Asegurada la cabeza del puente, los oficiales Pedro Navarro, García Paredes «El gigante extremo», Gonzalo Pizarro (padre del conquistador Francisco Pizarro), Zamudio y Villalba condujeron a 3.500 rodeleros y arcabuceros a la orilla francesa. Le siguió la caballería pesada de Prospero Colonna, con más de 200 jinetes, e incluso parte de la retaguardia dirigida por Diego de Mendoza. Por último, el Gran Capitán con su guardia y 2.000 lansquenetes alemanes. Se dice, no en vano, que tras el paso de los lansquenetes el puente cedió, dejando una sola opción a los españoles: vencer o perecer en esa orilla.
Entre las tropas españolas cundió parcialmente el miedo, sobre todo al percatarse de que Fernando de Andrade no había podido cruzar el puente. La situación de crisis se acrecentó aún más cuando el caballo de Gonzalo Fernández de Córdoba trastabilló y lanzó al general contra el barro. «¡Ea, amigos, pues si la tierra nos abraza, es que bien nos quiere!», afirmó el Gran Capitán, en una frase entre la realidad y el mito, que buscaba tranquilizar a los siempre supersticiosos soldados. A continuación, el castellano ordenó a d’Alviano que avanzara trazando un arco hasta el puente de la Mola, que abría el camino hacia Gaeta, mientras sus tropas se dirigían directamente al campamento francés. Andrade quedó consignado a la tarea de seguir a la infantería desde la otra orilla hasta encontrar un paso.
ABC
Lansquenete con su esposa. Grabado de Daniel Hopfer
Esa misma noche, Saluzzo recibió noticias del avance español y decidió, como había previsto el Gran Capitán, retirarse hacia Gaeta a través del puente de la Mola. El repliegue se produjo de noche, bajo una tormenta y con los españoles pisándoles los talones. El movimiento envolvente del general castellano funcionó a la perfección. Pese a su inferioridad numérica, los españoles pusieron en fuga a prácticamente la totalidad del ejército francés, que apenas renió valor para presentar resistencia. Una de las honrosas excepciones francesas fue Pierre Terraill, conocido como el caballero Bayardo, que consiguió presentar una defensa férrea hasta el anochecer al frente de la caballería pesada.
A pesar de contar con escasos caballeros, el caballero Bayardo acometió con tanto ímpetu a los jinetes de Colonna, que los hizo retroceder atropelladamente hasta topar con la columna de infantería dirigida por Córdoba que marchaba a continuación. Cundió el desconcierto entre las primeras filas de ésta, compuestas por lansquenetes, que quedaron inmóviles sin saber cómo reaccionar. Abriéndose paso a caballo entre ellos, el Gran Capitán consiguió organizarlos en un cuadro para hacer frente a la siguiente carga de caballería que lanzó Bayardo. En los siguientes asaltos, el francés no pudo superar a los piqueros germanos, cuyas formaciones se caracterizaban por su robustez y disciplina, y perdió a la mayoría de sus hombres en el embate.

Un movimiento definitivo en la guerra

En total, los franceses registraron 8.000 bajas entre prisioneros y muertos en esa jornada. A los pocos días, los que habían conseguido llegar finalmente a la ciudadela de Gaeta también capitularon ante el cerco, permitiéndoseles la libre salida a cambio de prisioneros españoles. El hostigamiento de la población local y la falta de suministros hicieron que, finalmente, solo un tercio del ejército francés consiguiera regresar a casa con vida. Tras el desastre, Luis XII se vio obligado a firmar una tregua con los Reyes Católicos y, pocos meses después, el tratado de Lyon, donde ponía fin oficialmente a la Segunda Guerra de Italia, reconociendo a Fernando «El Católico» su posesión sobre el Reino de Nápoles.
Wikipedia
Fernando II de Aragón
y V de Castilla
Garellano fue la última batalla que dirigió personalmente Gonzalo Fernández de Córdoba. Con la muerte de la Reina Isabel –máxima valedora del general castellano–, Fernando «El Católico» remplazó en 1507 al Gran Capitán como virrey de Nápoles, probablemente haciendo caso de los rumores maliciosos que acusaban al cordobés de corrupto. Ambos regresaron en la misma comitiva a España, en el caso del general después de una década fuera de la península. Aquí, el cordobés buscó sin éxito ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago y volver a ponerse al frente de los ejércitos del Rey. El aragonés creía que el Gran Capitán ya había sido convenientemente recompensado y lo puso en la nevera política. Murió años después en Loja (Granada) a causa de un brote de las fiebres que empezaron junto al Garellano.

La increíble vida de Manuel Otero, el único español que murió en el desembarco de Normandía


Día 06/06/2014 - 19.28h
 
Tras sobrevivir a la Guerra Civil, emigró a EE.UU. y se alistó voluntario en el Ejercitó americano. Tres días después Japón bombardeó Pearl Harbour
Manuel Otero Martínez, nacido en Serra de Outes (La Coruña) el 29 de abril de 1916, es el único español fallecido hace 70 años en el desembarco de Normandía, una de las operaciones militares más significativas de la Segunda Guerra Mundial. Su historia permaneció oculta durante todo este tiempo hasta que hace ocho meses, una sobrina suya se puso en contacto con el Museo Militar de La Coruña solicitando información sobre su tío. Así empezó una investigación que ha relatado a Europa Press uno de sus impulsores, Manuel Arenas, presidente de la Asociación de Amigos del Museo Militar de La Coruña y la Asociación Histórico Cultural «The Royal Green Jackets».
«Cuando recibimos la llamada, lo primero que pensamos es que sería alguien de la División Azul o de 'La Nueve' (División francesa que integró a 150 republicanos españoles, también conocida como la División Leclerc). Pero cuando nos dijo que su tío era del ejército americano y que había fallecido en la playa de Omaha, me quedé a cuadros», recuerda Arenas.
La vida del único español fallecido en Normandía es una vida marcada por la guerra y el infortunio. Cuando Manuel Otero apenas tenía 20 años, estalló la Guerra Civil española y a él le sorprendió el alzamiento en el Puerto de Santander, donde trabajaba como mecánico de la marina mercante. Como a tantos otros españoles, simplemente le tocó un bando, en su caso el republicano. Su familia, en Galicia, permaneció en zona nacional. Sobrevivió a los años de guerra y participó en batallas clave como la de Brunete (Madrid). Finalmente cayó prisionero y fue encarcelado en Barcelona.
Su familia movió sus influencias en el bando vencedor y lograron sacarle de prisión. Pero al volver, la guerra había cambiado al pueblo y él nunca dejó de estar señalado por algunos vecinos. Por ello decidió empezar una vida nueva y cruzar el Océano Atlántico para hacer las américas, al igual que tantos emigrantes gallegos. En su caso fue a Estados Unidos y fijó su residencia en Nueva York.

Cartas a su madre

Así lo atestiguan los diarios que iba escribiendo su madre a partir de las cartas que recibía de su hijo emigrante en Estados Unidos. Había logrado establecer un negocio en Nueva York y empezaba a hacer dinero. Había abandonado la convulsa Europa huyendo de las guerras y comenzaba a vivir el sueño americano.
Pero Manuel Otero tomó una decisión que a la postre significaría su final: para conseguir la nacionalidad estadounidense, se alistó de forma voluntaria en el Ejército. Con apenas seis meses de estancia, lograba ser ciudadano americano. La mala suerte se volvió a cruzar en la vida de este gallego cuando tan sólo tres días después Japón perpetró el bombardeo sobre Pearl Harbour, que provocó que Estados Unidos entrase en la Segunda Guerra Mundial junto al bando aliado. Era el año 1941.
Manuel Otero fue enviado de los campamentos de instrucción de Estados Unidos a Europa. «Prácticamente estuvo un año haciendo todos los entrenamientos del desembarco, que era una operación secreta», relata Arenas. Desembarcó en la Big Red One, una División de infantería, concretamente fue encuadrado en el 16 Regimiento de Infantería destinado a desembarcar en la Playa de Omaha, en el sector G. Había varios sectores uno de ellos era el 'Doc Green', celebre por la película 'Salvar al soldado Ryan'. El único español en esos momentos se encontraba en el otro extremo de la playa.
Fue de los primeros que embarcaron, en torno a las 6 de la mañana y como en la oscarizada película de Steven Spielberg, Manuel Otero también llegó a bordo de una barcaza. La marea estaba muy baja en ese momento y era mucha la distancia a recorrer hasta el primer refugio. A diferencia de otras playas, el mariscal alemán Erwin Rommel había provisto buenas defensas en Omaha. Había minas, obstáculos, gran cantidad de bunkers... La unidad de Otero fue diezmada prácticamente entre el 60 y el 70 por ciento sólo en la arena de esa playa, entre ellos el propio Otero.

Medalla con la Cruz Púrpura

Su familia ha custodiado en silencio durante 70 años todos los recuerdos de Manuel Otero, como los documentos que acreditan la concesión de la Medalla con la Cruz Púrpura, que tiene su única hermana viva residente en Como (Italia).
También en su pueblo natal, en la Sierra de Outes, sus familiares guardan el arcón en el que mandaron el féretro con sus restos mortales. Fue el hallazgo de este arcón en perfectas condiciones lo que convenció a Arenas y a otros dos socios de la Asociación Histórico Cultural "The Royal Green Jackets", que fueron a verlo personalmente. También les mostraron la tumba en la que figura la fecha de su muerte: 6 de junio de 1944. Conocido por la Historia como 'El día D'.
«Encontramos un arcón de madera recubierto forrado de cinc con las típicas letras americanas de molde. Ponía en inglés el nombre Manuel Otero y el número de serie que es como la matrícula del soldado, dónde dice la Unidad, el Regimiento, el Batallón... es lo que llevan en las placas en el cuello. Ponía también la dirección de Serra de Outes y el nombre de su padre como destinatario», cuenta Arenas. A partir del número de serie, los historiadores de la asociación miraron archivos americanos y encontraron la hoja de reclutamiento de Otero y desarrollaron toda la investigación.
En torno al entierro definitivo en Galicia se produjo otro hecho insólito. Tras su muerte fue enterrado en el cementerio de San Lorenzo en Normandía, junto a otros 6.000 soldados. Pero el padre de Manuel Otero comenzó a hacer gestiones con la embajada y el consulado americano en Galicia para recuperar los restos de su hijo. Pasaron varios años hasta que se produjo el traslado y pudo ser enterrado en el cementerio de la parroquia de Outes.

Bajo la bandera estadounidense

Lo paradójico es que el párroco, en el certificado de defunción, cita un posdata donde dice que «ha sido enterrado por soldados del Ejército norteamericano con todos los honores. Fecha: 18 de septiembre de 1948». «¿En esa época Franco permitiría venir a soldados de uniforme para hacer el entierro?», se pregunta Arenas, quien advierte de que no hay rastro del suceso en la prensa de la época.
Sin embargo, el propio Arenas narra que una mujer del pueblo que cuando sucedió aquello apenas tenía 9 años dice recordar aquel entierro y especialmente como a la persona fallecida se le dio sepultura con una bandera roja y blanca que ella no conocía además de unos militares que hablaban de una forma extraña y que acompañaban el féretro. «Es decir, que compañeros suyos debieron venir al entierro de La Coruña», apostilla Arenas.
«Es un personaje olvidado durante 70 años y su historia merece que sea conocida en toda España. Tuvo mala suerte en todos los sentidos, era un joven que tenía el sueño de prosperar, el sueño del emigrante gallego. Es el único gallego y el único español. Miramos todos los listados de fallecidos del Ejército americano y había puertoriqueños o mexicanos, pero el único que figura como español era Manuel Otero y murió un día como hoy hace 70 años», zanja Arenas.

El vuelo de infarto de Kika

ACCIDENTE

Su vida no corre peligro y ya se recupera en el hospital
  • 'José está muerto y yo no sé pilotar, ayúdame por favor'

  • La increíble historia de la mujer que, sin conocimientos de pilotaje, logró controlar y aterrizar el ultraligero en el que viajaba con su pareja, fallecido de un infarto en pleno vuelo

  • Un amigo al que llamó por teléfono la auxilió con otra aeronave. Llegó a alcanzar más de 10.000 pies, 10 veces la altura a la que debía volar


GRÁFICO: 75 minutos hacia la salvación.
Mientras el ultraligero que nunca había pilotado ascendía sin control a miles de pies, lo primero que hizo Kika fue llamar al teléfono móvil de su amigo Antonio Toscano. "Antonio, José está muerto y yo no sé pilotar. Ayúdame, por favor", le espetó la mujer, notablemente afectada y nerviosa.
Eran las 12.39 minutos del domingo pasado 23 de agosto. En el móvil de Antonio aún está registrada aquella primera llamada de una Kika que, sin licencia de vuelo, había entrado en pánico por el fallecimiento de El Chino, como apodaban a su pareja José por sus ojos achinados.
En torno a nueve minutos antes (12.30), ella y José Antonio, un experimentado piloto ex campeón de España en ultraligero pendular que se había ganado la vida como programador informático, habían partido del aeródromo de Trebujena, en Cádiz, en dirección al de Alcalá del Río, en Sevilla. Una hora antes, aproximadamente, ambos habían hecho el recorrido contrario, el cual se suele tardar en cubrir 35 minutos. Él, aunque le dijo a Kika que se sentía fatigado antes de volverse a montar en su avioneta, decidió emprender el camino de vuelta.
Desde el aire siguieron el serpenteo del río Guadalquivir en su ascensión hacia Sevilla. Pero al poco de despegar desde Trebujena y alcanzar los 1.000 -una altura adecuada de vuelo para estas aeronaves-, un indispuesto José cayó desvanecido sobre los mandos de su aeronave, modelo Sinus de la marca eslovena Pipistrel, que quedó a merced de las corrientes de viento.
Kika, al ver cómo su pareja perdía el conocimiento, trató de reanimarlo dándole palmadas en el rostro y echándole agua en la cabeza. De nada sirvió. Fueron cinco minutos agónicos, el tiempo suficiente para comprender que el amor de su vida, el hombre con el que había volado antes centenares de veces durante sus dos décadas juntos, había fallecido a bordo de su avioneta. Un infarto se lo había llevado desde los cielos que tanto amaba desde joven, cuando empezó a volar en ala delta a principio de los años 80.
"¡José está muerto! ¡Ayúdame, por favor!". Kika repetía y repetía lo mismo en esa primera llamada desesperada pidiendo auxilio a su amigo, con el que habían coincidido en Trebujena, pero quien partió hacia Alcalá un rato antes que la pareja y ya había tomado tierra con su avión.
"Sólo pude tranquilizarla y decirle que partía de inmediato en su busca", rememora este jueves el propio Antonio, convertido en ángel de la guarda de la mujer que, sin apenas conocimientos de vuelo, logró salvar la vida pilotando durante hora y cuarto el ultraligero de su acompañante muerto.
Antonio, que había guardado su avioneta en el hangar del aeródromo de Alcalá del Río pocos minutos antes de recibir la llamada de Kika, le pidió el ultraligero a su amigo Juan, que tenía más combustible que él en el depósito y todavía no había encerrado su aeronave.
"Salimos sin pensarlo dos veces, aunque no sabíamos su ubicación exacta", cuenta Antonio. "Juan pilotaba mientras yo me encargaba de avisar de lo sucedido a la torre de control aéreo, de darle instrucciones a Kika por teléfono y por radio, y de la navegación para tratar de dar con ella", explica este experimentado piloto, que antes de la muerte de José había compartido con la pareja multitud de viajes en ultraligero. "No tenían hijos. Sólo se tenían el uno al otro", sentencia este amigo, quien cuenta que este verano la pareja había estado en Huesca para sobrevolar Los Pirineos con su ultraligero.
Kika, de 62 años, y José, unos años menor en una cena. 'Sólo se tenían el uno al otro'.
A la primera avioneta se unió una segunda, en la que iban a bordo otros dos socios del aeródromo de Alcalá, el Ilipa Magna, y un helicóptero de Tráfico. A su vez se cerró el aeropuerto de Sevilla, donde se pensó que, en caso de un accidentado aterrizaje por parte de Kika, su evacuación sería más ágil. Las autoridades aéreas obligaron a que se desviaran varios vuelos hacia otros aeropuertos, como el que traía a Sevilla al Villarreal CF, quien esa noche jugaba contra el Betis y acabó aterrizando en Jerez.
El ultraligero en el que volaban Antonio y Juan dio con la aeronave de la mujer al norte de Carmona, sobrevolando la carretera que une esta población sevillana con Lora del Río. Gracias a las indicaciones por radio de Antonio, Kika había logrado descender de los 10.300 pies que llegó a alcanzar, hasta los 5.000. Por encima de los 12.000, el oxígeno comienza a ser insuficiente para el ser humano y se corre el riesgo de morir asfixiado.
A una decena de millas de llegar al aeropuerto de San Pablo, el avión en el que iban Antonio y Juan se situó delante del de Kika. "Le dije que me siguiera en todo momento. Pero se puso nerviosa", explica Antonio. Al final, la mujer, presa de los nervios y tras varios virajes en redondo, cayó sobre unos terrenos de naranjos, a sólo dos millas de la pista 27. Con la aeronave en llamas, un guardia civil que iba en el helicóptero de Tráfico la salvó de morir ardiendo.
Ahora, Francisca Molina, Kika para los amigos, se recupera en el hospital Virgen del Rocío. La mujer, de 62 años y vecina de la población sevillana de Guillena, donde vivía con José Antonio Cuadrado, varios años menor que ella, sufre quemaduras en varias partes del cuerpo y roturas en pies y costillas. Su vida en ningún momento corrió peligro tras el accidente.
El miércoles, Kika pasó por quirófano y durante toda la semana ha recibido numerosas visitas de muchos amigos también aficionados a los ultraligeros. Su único hermano es quien la está cuidando. "Creo que ninguno de los dos tenían familiares cercanos. Sólo se tenían el uno al otro... El uno al otro", vuelve a repetir su amigo Antonio Toscano.
En 1993, Canal Sur, la televisión autonómica andaluza, emitía un reportaje sobre aficionados al deporte del ala delta. José Antonio era su protagonista. En pleno vuelo, un periodista le pregunta a El Chino: "Hay mucha gente que dice que estáis locos. ¿Tú qué les dirías?". Él respondió: "Que no saben la locura que se pierden". Con José Antonio sólo pudo un infarto. Al menos le cogió haciendo lo que más le gustaba: volar.

La cuenta de Twitter de la Policía pierde al responsable de su éxito

 

La cuenta de @policia se ha convertido en el cuerpo de seguridad más seguido del mundo, con casi dos millones de seguidores. Ahora, su ideólogo abandona un proyecto que deberá seguir sin él
Foto: La cuenta de Twitter de la Policía pierde al responsable de su éxito
Fecha
Tags
Carlos Fernández Guerra cuenta con casi dos millones de seguidores en Twitter, a pesar de que su nombre es completamente desconocido. Carlos es la mente tras @policia, la exitosa cuenta corporativa del Cuerpo Nacional de Policía que acaba de fichar por Iberdrola, tal y como ha confirmado el community manager a Teknautas.
"He cubierto una etapa maravillosa, increíble, creo que el sueño de cualquier persona es poder trabajar en un organismo como la Policía. Pero también hay que saber finalizar etapas, llevaba ya diez años. Me voy a un proyecto muy ilusionante, muy distinto, pero en el que hay un reto de transformación digital por delante muy atractivo", explica Fernández Guerra.
Para muchos usuarios el tono que utilizaba la Policía en redes sociales era perfecto, para otros era demasiado informal para un cuerpo de seguridad. Ante esas críticas, y haciendo balance, Fernández Guerra se defiende con cifras. "El 42% de nuestro público es menor de 18 años, otro 33% tiene entre 18 y 24 años. Es un público muy joven y el objetivo era llegar a ellos, adaptarnos a su forma de comunicarse, a sus horarios, a sus intereses", señala.
Fue ese estilo informal el que consiguió que la cuenta, nacida en 2009, se convirtiera rápidamente en todo un éxito en las redes sociales. Una serie de gazapos y polémicas no hicieron otra cosa que engordar el número de seguidores con gran velocidad. De esta forma @policia ha podido difundir con éxito consejos de seguridad e información sobre campañas de prevención. Al mismo tiempo, se convirtió en el cuerpo de seguridad más seguido del mundo.
La Policía se queda huérfana en Twitter, pero esto no significa que vaya desaparecer de las redes sociales. Como ya explicó Fernández a Teknautas en una entrevista este mismo año, "llegarán otros y lo harán mejor". Carlos se encargó de poner en marcha desde cero esta cuenta, pero continuará sin él. El community manager se mostraba convencido de la sostenibilidad de su método: "Yo estoy en Twitter, pero en Facebook también tenemos mucho éxito y lo gestionan dos agentes. El modelo está definido y me sobrevivirá".
El próximo reto de Fernández será transformar digitalmente una empresa tan grande como Iberdrola, que ya ha inaugurado su departamento de redes sociales. Queda por ver si el Twitter de la empresa energética también traducirá la polémica y el sentido del humor en éxito, tal y como ha conseguido @policia todos estos años.

BONITA MANERA DE EMPEZAR EL DIA

https://youtu.be/9iiqZBWDifQ

domingo, 30 de agosto de 2015

18 meses de cárcel militar por filtrar un vídeo de Afganistán

 

Las imágenes reflejan los momentos posteriores al atentado contra la base de Qala-i-Naw en el que murieron un capitán y un alférez de la Guardia Civil, además de un intérprete


Dos soldados arrastran el cuerpo del terrorista. Imágenes del vídeo emitido por Antena 3.
El Tribunal Militar Territorial Primero ha impuesto un año y medio de cárcel al excabo del Ejército del Aire L. J. C. G. como autor de un delito de revelación de secretos por la filtración de un vídeo. Las imágenes reflejan los momentos posteriores al atentado contra la base de Qala-i-Naw (Afganistán) en el que murieron un capitán y un alférez de la Guardia Civil y un intérprete. Ocurrió el 25 de agosto de 2010 y fue difundido por la cadena de televisión Antena 3.
En la misma sentencia han sido absueltos otros dos militares, el sargento 1º del Ejército de Tierra J. A. C. G., hermano del condenado, y el sargento del Ejército de Tierra R. A. de L., quienes habrían facilitado al cabo parte del material difundido por la cadena en septiembre de 2010.
En el vídeo, grabado por las cámaras de seguridad del acuartelamiento, se observa cómo el autor del atentado intenta huir tras haber disparado contra los agentes españoles. Un grupo de hombres armados sale en su persecución y lo abate en la calle. Luego, arrastran su cuerpo hacia el interior de la base, mientras parte el vehículo que traslada a las víctimas del ataque. El autor del atentado era un talibán infiltrado como chófer del jefe de la policía local, a cuyos miembros daban instrucción los guardias civiles españoles. Tras el atentado, se produjeron momentos de gran tensión, pues una muchedumbre se congregó ante la base contra la que lanzó piedras y cócteles molotov.
El tribunal considera probado que el cabo, en Afganistán desde junio de 2010, se hizo con las imágenes de las cámaras de seguridad y con las tomadas por los miniaviones no tripulados Raven, que se enviaron a la zona para controlar los tumultos posteriores al atentado, así como con secuencias de combates grabadas a título particular por miembros del contingente. También da por hecho que, a su regreso a España, se reunió con un reportero de Interviú, a quien mostró parte del material, y posteriormente con periodistas de Antena 3.

Absueltos otros dos

Una escena posterior al atentado. Imágenes del vídeo de Antena 3.
La sentencia asegura que el sargento R. A. de L., responsable del pelotón de seguridad de la base, facilitó al sargento 1º J. A. C. G., hermano del condenado, una copia del vídeo de las cámaras a cambio de las imágenes tomadas por los Raven, por lo que todas acabaron en poder del cabo. Pese a ello, y tras determinar que solo el vídeo posterior al atentado afecta a la defensa nacional, pues evidencia la forma de reaccionar de las tropas en caso de ataque, el tribunal reconoce que no se ha podido probar que las imágenes difundidas por Antena 3 fueran facilitadas por el cabo, pues se hicieron múltiples copias que estuvieron fuera de control.
Tampoco se ha podido probar que el cabo cobrase por filtrar las imágenes a la cadena de televisión, ya que este sostuvo que si se reunió con los periodistas fue para expresar su indignación porque no se le permitiera auxiliar a sus compañeros tras el atentado.
En consecuencia, le condena por un delito de revelación de secretos —por mostrar las imágenes a la prensa— pero no por su difusión en Antena 3, de lo que le acusaba el fiscal, y absuelve a los otros dos militares, al no establecer una relación causa-efecto entre su conducta y la filtración.

Las Fuerzas Armadas españolas no tendrán su propio «robot asesino»


Día 31/08/2015 - 02.36h
Temas relacionados

Los LAWS seleccionan y alcanzan letalmente sus objetivos sin intervención humana: serán la tercera revolución en el arte de la guerra

Sayonara, baby. España no tendrá su propio robot asesino, su propio «Terminator», su propia Arma Autónoma Letal, como se llama técnicamente. Porque, por mucho que pueda sonar a ciencia ficción, el Gobierno ya tiene una posición oficial al respecto: «Las Fuerzas Armadas españolas no disponen, ni tienen previsto desarrollar, ningún sistema de arma letal totalmente autónomo o que esté basado en la llamada Inteligencia Artificial». Y no, tampoco se «está financiado ningún proyecto de investigación» en este campo.
Esto no es una película. Ya hay quien ha calificado los Sistemas de Armas Autónomas Letales (LAWS, por sus siglas en inglés) como la tercera revolución en el arte de la guerra, después de la pólvora y las armas nucleares. El objetivo: crear robots que seleccionen y alcancen letalmente sus objetivos sin intervención humana alguna. Todavía no se han desplegado, pero serían un escalón más en los sistemas con los que ya cuentan países como Estados Unidos, con el x47-B —un avión que puede aterrizar y despegar solo—; Corea del Sur con el Samsung SGR-1 —un robot que patrulla la frontera con Corea del Norte—; o Israel con la «Cúpula de Hierro». Sin embargo, en estos casos la decisión de disparar recae en una persona. Y ahí está la diferencia. En los LAWS la decisión la toman los robots.
El Gobierno «comparte la preocupación» por el desarrollo de estas armas robóticas, según su respuesta del pasado mayo a una pregunta escrita en el Senado, tanto porque puedan funcionar y matar autónomamente, como por sus consecuencias en el respeto de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario. «Se apoya la necesidad de establecer un marco jurídico general e internacional con objeto de impedir una eventual carrera de armamentos o su posible adquisición por actores no estatales», declaraba por escrito.

«Los Kalashnikovs del mañana»

La tecnología ha llegado a un punto en el que el despliegue de este tipo de sistemas sería posible dentro de pocos años. Ni siquiera habría que esperar décadas, según dice el científico Stuart Russell en Nature. Y según va pasando el tiempo, son más quienes piden que se prohíba su desarrollo, como desde la plataforma Stop Killer Robots, el Comité Internacional para el Control de Armas Robóticas (ICRAC) o Human Rights Watch. Stephen Hawking, Elon Musk, Steve Wozniak, Jaan Tallinn o Frank Wilczek, por su parte, son algunas de las 20.000 personalidades que han firmado una carta abierta pidiendo su prohibición. «Las armas autónomas de hoy se convertirán en los Kalashnikovs del mañana», dicen. Esto no es una película.
Para ellos, la pregunta clave es si la humanidad quiere involucrarse en una carrera mundial de armas basadas en la Inteligencia Artificial (IA) o evitar que esta se inicie. «Si alguna potencia militar sigue adelante con el desarrollo de armas de IA, será prácticamente inevitable que esa carrera armamentística se produzca».
Por su parte, quienes defienden el desarrollo de los LAWS, destacan que aportarían una mayor protección; multiplicarían la fuerza empleada; evitarían muertes innecesarias y minimizarían el tiempo de reacción respecto al de los seres humanos. Además, un robot nunca actuará por pánico, venganza u odio racial, dicen. Pero como explicaban Cesáreo Gutiérrez y María José Cervell en la Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, esto no implica que las máquinas vayan a ser más objetivas en sus acciones. El ejemplo, decían los expertos, está en el vuelo 655 de Iran Air que fue derribado por un buque de guerra estadounidense en 1988: el sistema AEGIS con el que estaba dotado identificó un avión como un F-14 iraní. Pese a las dudas de la tripulación, finalmente se confió en la máquina y murieron 290 civiles.
Gutiérrez y Cervell creen que son las «ventajas militares y el menor costo económico y político, los factores que explican por qué son cuantiosos los recursos que algunos Estados dedican a la investigación de las Armas Autónomas». Los dos investigadores se muestran pesimistas, calificando de «poco realista» esperar que los Estados vayan a renunciar a estos sistemas. La última Convención sobre Armas Convencionales (CCW) de la ONU, celebrada en abril, acabó sin conclusiones.
Mientras, desde Stop Killer Robots siguen albergando esperanzas: «Tras dos años [de conversaciones], es el momento de alcanzar un alcanzar un avance sustantivo». El próximo mes de noviembre la ONU tendrá que decidir si inicia un proceso formal de negociación para establecer una nueva prohibición global. Esto no es una película.