lunes, 28 de marzo de 2016

Blas de Lezo o la gran derrota que los ingleses han censurado

 

Inglaterra había preparado la mayor flota de desembarco que la Historia habría de conocer hasta el desembarco de Normandía. Pero solo logró hacer el ridículo
Foto: Blas de Lezo
Blas de Lezo
Autor
Tags
Tiempo de lectura8 min
La inmortalidad es como la nube de polvo en suspensión que queda cuando por el camino de la Historia ha transitado un gigante. Dentro de los más de trescientos años de hostilidades manifiestas o encubiertas que Gran Bretaña alimentó contra España, ya fuera con enfrentamientos declarados o de bajo perfil (léase piratería), hostilidades en sus dos modalidades, perfectamente sincronizadas y maquilladas para aparentar que nunca tuvieran relación entre ellas, hubo un episodio de especial trascendencia que retrasó en más de un siglo la pérdida de las colonias españolas y que, a la par, a los ingleses les acarreó un desprestigio inmenso.
La determinación británica por acabar con la hegemonía española era como una especie de doctrina nacional en aquellos tiempos y su vampírica voracidad se sustentaba en un deseo no disimulado de sustituir a España en su papel hegemónico en el escenario internacional, eso si, con la debida cortina de humo del enfrentamiento religioso para darle al tema una patina de “legalidad”.
En 1655, Jamaica se convirtió en un nido de corsarios cuyo único objetivo y propósito manifiesto era atacar navíos y ciudades españolas en un 'continuum' de erosión permanente a las líneas de abastecimiento que buscaban rumbos propicios hacia a la península. La exuberante isla quedó oficialmente bajo la tutela de su Graciosa Majestad dando cobertura abierta, cuando no apoyo manifiesto, a toda la piratería que transitó por aquellos mares. Especies como el galés Henry Morgan, saqueador de la desguarnecida Portobelo, sentían una comodidad que esporádicamente era alterada por las incursiones de los españoles y posterior desalojo del sancta sanctórum caribeño de turno, ya fuera este La Tortuga, Barbados, las Caimán o Jamaica.

El fin de la guerra del asiento

El sitio de Cartagena de Indias se desarrolló entre el 13 de marzo y el 20 de mayo de 1741, y fue el episodio decisivo que marcó el desenlace de la guerra del asiento (mal llamada de la “oreja de Jenkins”) que se desarrolló en los nueve años que van de 1739 al 1748.
Inglaterra preparó la mayor flota de desembarco que la Historia habría de conocer hasta el desembarco de Normandía. El episodio que produjo tan terribles consecuencias se desató cuando el guardacostas español, La Isabela, bajo mando del capitán Julio León Fandiño apresó a otro capitán (este ultimo un contrabandista británico llamado Robert Jenkins) y en castigo le cortó una oreja al tiempo que le decía: “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. A pesar de lo moderado del castigo para las costumbres de la época, Jenkins recogió su oreja y regreso a todo trapo a Inglaterra con ella, eso si, conservada en un frasco de alcohol. El caso es que le contó a su monarca una historieta muy truculenta dándole una versión totalmente rocambolesca de lo ocurrido, que sólo buscaba caldear ánimos y lavar la afrenta infligida. La soliviantada población de las islas clamaba venganza mientras Jenkins se dejaba querer y su monarca se frotaba las manos con indisimulada satisfacción.
Su temeridad le costó a Inglaterra la derrota que más se ha esforzado en maquillar de su historia
Con estos mimbres, Inglaterra preparó la mayor flota de desembarco que la Historia habría de conocer hasta el desembarco de Normandía. Doscientos buques y, según diferentes historiadores, en torno a veintitrés mil hombres, se dirigieron hacia el Caribe con objeto de hacerse con una ruta de paso decisiva en la zona aledaña al istmo que algo más de un siglo antes cruzara Balboa para descubrir el Océano Pacifico, y cuya caída implicaba ineluctablemente un “efecto dominó” sobre el resto de los virreinatos en poder de la Corona.
En Octubre en 1739, con el pretexto del incumplimiento de los acuerdos comerciales (derechos de asiento o mercadeo), obtenidos en América por el tratado de Utrecht, Inglaterra declararía la guerra a España. Tres escuadras británicas muy reforzadas con infantería se dispusieron para el asalto de lo que fuera menester. Tan seguros estaban del triunfo, que se acuñaron monedas conmemorativas para celebrar lo que se presumía como una gran victoria. Vanitas omnia vanitatis.

​La segunda mayor flota de la historia

En todo el relato de lo que nos han enseñado como la historia oficial y hasta la Segunda Guerra Mundial, solo una flota -la del almirante eunuco Sheng He-, al servicio del tercer emperador Ming, contó con mas efectivos que la dirigida por Vernon, el elegido como responsable para el mayor desastre militar ocasionado a Inglaterra y sin precedentes en la historia hasta ese momento.
Durante siglos, la férrea autocensura inglesa en lo relativo a sus derrotas, ha logrado sustraer al conocimiento público este “batacazo”, pasando de puntillas por él y disfrazándolo con el eufemismo de "la guerra de la oreja de Jenkins”, cuando la cruda realidad es que los muertos en combate superaron ampliamente la mitad y más de un centenar de barcos yace en los fondos marinos próximos. Para agravar la situación, algunos miles mas sucumbieron a la malaria. No tuvieron mucha suerte ciertamente.
El almirante Vernon tuvo la osadía de atacar Cartagena de Indias, una plaza defendida por el vasco Blas de Lezo, y su temeridad le costó a Inglaterra la derrota que más se ha esforzado en maquillar de la larga serie que padeció en los siglos que van del XVI al XVIII. Vernon no tenía ni de lejos la talla de Nelson o Jervis. Su doctrina militar se basaba en la pura superioridad material y numérica, y le faltaba “ratonería”, concepción estratégica y conocimientos tácticos dignos de mención. Su mediocridad era directamente proporcional a su vanidad. Tenía mas de cien pelucas, según y para qué ocasión. No consultaba nunca a los excelentes oficiales que tenía y siempre tuvo la marina real inglesa; y, además, solía entregarse al whisky escocés con una devoción inusual, hasta el punto de hundir por abordaje directo una fragata de su propia escuadra a la salida de Portsmouth. El crápula iba como un pincel pero su mediocridad era legendaria. Y así le fue.

El gran Blas de Lezo

Enfrente tenía a un vasco de caserío que pasaba largas horas viendo cómo entraban y salían del puerto de Pasajes navíos mercantes y de guerra hacia destinos ignotos. Con el tiempo, se embarcaría en una de esas naves.
Este hombre ya había perdido una pierna a los 17 años en el combate naval de Vélez Málaga, tres años después en el sitio de Tolón un ojo y el brazo derecho en otro rifirrafe de los muchos que libró a lo largo de su vida. Lo que seguía teniendo intacto era el valor de irreductible propio de los hijos de esas tierras del norte.
Los defensores de Cartagena dieron un testimonio de heroísmo mas allá de lo razonable
Tras los muros de Cartagena sólo había un millar de soldados españoles, dos compañías de negros libres, 600 auxiliares indios armados con arcos y flechas y trescientos milicianos. Eran un puñado de valientes. Estos defensores, en clara desventaja y en una relación desfavorable de uno contra diez, dieron un testimonio de heroísmo mas allá de lo razonable. Tras arrojar los ingleses mas de 6.000 bombas y 18.000 balas de cañón sobre Cartagena y perder seis navíos y más de nueve mil hombres e incapaces de quebrar la resistencia de los sitiados, tres meses después emprendieron la retirada llevando en el vientre de sus naves el triste cortejo de los lúgubres lamentos de los miles de moribundos y heridos en aquella desgraciada apuesta de invasión. La malaria se conjuro con los sitiados para rematar la faena.
Las difamaciones y calumnias vertidas por el virrey Sebastian de Eslava, que con su incompetente liderazgo no solamente no supo delegar, sino que casi da al traste con la victoria española, llegaron a oídos del rey, que procedió a la degradación de Blas de Lezo.
Lezo se consumió por las graves heridas recibidas en un cuerpo a cuerpo en uno de los varios y fallidos asaltos que aguantó Cartagena. Murió en la más absoluta pobreza rodeado hasta el ultimo momento de sus oficiales mas incondicionales y de su mujer e hijos. El siete de septiembre de 1741, rendiría su vida a la creación.
Hasta 1760 (casi dos décadas después de la gesta), no fue rehabilitado por Carlos III, uno de los pocos grandes reyes que ha tenido la fortuna de disfrutar este país.
Huelga decir que después de aquel descalabro, el rey inglés Jorge II prohibió a sus cronistas hacer mención alguna de tamaña debacle.
El veredicto histórico a la luz de aquellos acontecimientos no es otro que el de constatar el resultado que puede derivarse de un equipo motivado tras un líder carismático. Blas de Lezo es el ejemplo y la respuesta. Se pueden sacar conclusiones.

No hay comentarios:

Publicar un comentario